• abr. 14, 2024
  • 5:26 PM

Independencia: ¿valió la pena?

Los motivos para la independencia de Centroamérica fueron los mismos que en la mayoría de movimientos secesionistas en la América del siglo XVIII: corrupción y abuso de parte de las autoridades imperiales.

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Autor: Realidades

Si estudiamos lo que ocurrió, esa corrupción y esos abusos no sólo no acabaron, sino que en muchos casos se vieron exacerbados por los conflictos que emanaron del vacío de poder dejado atrás por la Corona Española.

Y tras la disolución de la República Federal centroamericana, se volvieron males endémicos. ¿Qué se logró, entonces, más que la construcción de una serie de nacionalismos con complejo napoleónico?

En un sentido individual, sí lo valió. Aunque el antiguo régimen de dominio español no fueron la pesadilla totalitaria a menudo caracterizada en los escritos de quienes no han estudiado historia, lo cierto es que había mucha represión surgida de instituciones que mediaban orgánicamente en diversas áreas de la vida pública y sobre todo política.

La Independencia trajo consigo mayor autonomía individual en relación a las instituciones sociales, no tanto así de los Estados, que aún en su ineptitud han logrado esparcir su corrupción hacia toda la sociedad.

Es ahí donde podría empezar un argumento en contra de la Independencia. Una vez perecida la unidad del dominio español, por muy imperfecta que fuera, la anarquía posterior lo hizo parecer cielo en la tierra, más a las masas populares que a los criollos beneficiados por su nuevo estatus como rectores de las republiquetas.

Hay quien argumenta de manera plausible que el desorden posterior a la independencia creó la tendencia de nuestros países a instalar caudillo tras caudillo por añoranza de la Corona y el Cetro divinizados del pasado.

En otras palabras, la división entre las élites que creían en un mundo democrático, pero no podían entre ellos aplicar los principios que pregonaron ante las masas, las lleva irremediablemente a manos de reyes sin corona, ajenos a cualquier virtud que la costumbre del viejo régimen pudiese haber instalado en las aristocracias.

Dos siglos después, todo parece indicar que esta tendencia sigue resonando como un eco en cada levantamiento contra el abuso, en cada nueva propuesta de cambio sutilmente asesinada ante una montaña de pronunciamientos acusatorios entre uno u otro acrónimo.

La unidad es un asunto difícil de lograr. La Corona española, como muchas otras entidades políticas pre-modernas, lo logró con fuego y sangre. Ahora no podemos hacer eso si queremos vivir en sociedades civilizadas. Más bien, nos enfrentamos al reto entre civilización y barbarie en la que la barbarie tiene las de ganar porque está dispuesta a ensuciarse las manos.

No es una batalla imposible. La “no-violencia” es una alternativa bien definida y con resultados probados, pero están probados sólo en tanto existe unidad de propósito y unidad de acción, justamente lo que más escasea en las élites de Centroamérica.

Como todo, aquella declaración de 1821 en el Palacio Nacional de Guatemala tuvo su trasfondo, sus contradicciones y sus malos sabores. Las promesas de libertad e igualdad probaron ser mayores y más longevas que sus promulgadores, pero entonces no eran sino espejismos. ¿Valió la pena haber iniciado ese proceso?

Sí, lo valió en tanto inició un proceso de emancipación de modos antiguos de organización que a nuestra sensibilidad resultan injustos. Pero a la vez no lo valió porque, incluso si ahora somos más libres que nuestros antepasados súbditos a un rey, la cantidad de sufrimiento que nos llevó de ese lugar es una carga tanto o más pesada que los abusos de una autoridad injusta. La anarquía es una tirana en sí misma, una más cruel que cualquier rey o dictador porque justifica sus reinados.

Tal vez no nos hubiera ido mejor con España, tal vez sí. A fin de cuentas, aunque ejercicios instructivos, lo que importa es qué hacemos con lo que el pasado nos lega y no, como muchos suponen, lo que le inculpamos para creernos superiores a los que vinieron antes que nosotros.